Una tarde, en la hemeroteca municipal de Madrid, me dí cuenta que la lectura del periódico de cada día, aunque fuera el del día de hace dos siglos, podía llevarme por derroteros inesperados. Esa tarde, en la que bailé por toda la hemeroteca después de haber encontrado el origen de la última obra filosófica que Alejandro había escrito de sus recuerdos “en una mañanita de primavera”, decidí dedicarme a rascar en la prensa para encontrar los tesoros que esconde. Y ahí ando, rascando y rascando… y de vez en cuando, encuentro un tesoro pequeño, mínimo, casi imperceptible para cualquiera. Pero nunca me traiciona: lo atrapo con cuidado entre mis dedos para no romper el hilo y tiro suavemente. Siempre sale oro del bueno y siempre disfruto y me emociono.
Y así empezó todo.



